martes, 23 de agosto de 2011

Reseña: LA GÁRGOLA

Seix Barral. Barcelona, 2008. Título original: The Gargoyle. Traducción: Claudia Casanova. 496 páginas.

Nunca había leído una novela romántica (más allá de los devaneos a los que la amiga Anne Rice nos acostumbró en su época). La dimensión de las letras capitaneada por Nora Roberts y Corín Tellado no ha sido de mi agrado por la sencilla razón de que los argumentos pastelosos no son lo mío, ni siquiera cuando forman una pequeña parte de un todo alejado del género. Pues bien, acabo de leer mi primera novela romántica, y ha sido así porque me han engañado. Tanto la editorial como Andrew Davidson, autor de La Gárgola, juegan a confundir al lector en su sinopsis y en los primeros capítulos del libro.


Todo comienza de forma excelente: con una directa, explícita y malhumorada descripción de un accidente de tráfico y sus consecuencias. Davidson no escatima adjetivos en un Andrew Davidson, gárgolaescalofriante ejercicio de estilo, donde de manera dantesca somos testigos del destino del protagonista: su cuerpo queda quemado, desfigurado, arrasado. Con una muy buena narración en primera persona, el olor a chamusquina (y churrasco) se hace casi real. Los detalles no se pasan por alto, y se explica el proceso que sufre un cuerpo humano al arder poco a poco. Y con esto, el lector mínimanente curioso ya queda atrapado. Tras semejante comienzo, el resto de la novela tiene que ser cuando menos explosivo. Pues sí, explosivamente meloso.

De esa treta se sirve en su primera novela Andrew Davidson para llevarnos a un mundo que no es lo que en principio aparentaba. Tras el accidente, el protagonista se recuperará lastimosamente en el hospital. Es en esta parte donde se encuentra lo más destacable del libro: las descripciones de las curas y consecuencias que un quemado tiene que vivir. Las hay en abundancia, y además de ilustrativas, están escritas de una forma tan descarnada que es imposible no empatizar, momentáneamente, con este sufrido protagonista. Por lo demás, la novela toma como base la aparición en la vida de nuestro antihéroe de una dama que, por sus aseveraciones e instantáneo flechazo, parece poco cuerda. Esta chica, de nombre Marianne Engel, ayudará al personaje principal a superar sus obstáculos y dificultades, contándole historias de amores imposibles en el tiempo (ojo, hay alguna que me hizo emocionar), y asegurándole que ellos mismos son dos almas gemelas con un final común que acabará por desvelarse, y que han vivido durante más de 700 años tratando de encontrarse.

El juego que se produce entre lo real y lo fantástico, ése en el que dudamos de la veracidad de lo que Marianne Engel cuenta, se mantiene durante buena parte de la trama. Es de agradecer que entre tanto azúcar el lector pueda mantener cierta esperanza en que, en algún momento, la historia explote y se adentre en otros derroteros más arriesgados. Pero ahí queda todo, en esperanza nunca materializada.

No se trata de un mal libro, de hecho se lee con relativa facilidad, pero no es el libro que yo pensé que iba a leer. Y la sorpresa ha sido para mal, más cercana a una nueva vuelta de tuerca de los manidos clichés tipo Crepúsculo o El Descubrimiento de las Brujas que al purgante y visceral puñetazo que se deja entrever en sus primeras páginas.

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